Visitantes disfrutan la nevada en la Malinche

La histórica caída de nieve transformó al Parque Nacional Malinche en un escenario inusual que, al no recibir sol durante el día 26, permitió que el agua solidificada se mantuviera intacta. Así, visitantes nacionales y extranjeros disfrutaron de un paisaje que no se veía desde hace más de 3 décadas.

Con el cielo despejado al amanecer, la gente comenzó a escalar desde temprano. A las 07:00 horas, la entrada por la pluma Puma San José Teacalco se volvió un punto de espera obligada: una fila de más de cien vehículos aguardaba turno para ingresar, pagar su boleto y acceder a los senderos. Entre pinos, oyameles y ocotes blancos (muchos de ellos plagados de muérdago, planta parásita que absorbe la savia y seca los árboles), la señalética marcaba caminos limpios, libres de basura.

A esa hora, la fauna parecía entender la magnitud del fenómeno. Las aves no salieron de sus nidos; los mamíferos y reptiles se ocultaron en sus madrigueras. El bosque, pintado de blanco, imponía respeto. No se presentaba algo así desde hace 34 años”, rememora Miguel Salinas Hernández, experto en el manejo del Parque Nacional Malinche durante dos décadas, al recordar aquella nevada del 31 de diciembre de 1991, cuando el hielo alcanzó incluso el pueblo de Altamira de Guadalupe, en Huamantla.

La nieve comenzó a apreciarse desde el paraje Las Escaleras, en el kilómetro 3.2 de los 6.7 que separan al Albergue de la cima. Ahí se ubica el primer ascenso difícil, donde principiantes y escaladores profesionales coinciden. Hay niños de seis años y adultos mayores de hasta 70, como don Herman, proveniente de los Estados Unidos de América, que observa con cautela cada paso.

Entre resbalones y risas, Laura, originaria de Ecatepec, Estado de México, cierra los ojos al enfrentar Las Escaleras. Va bien equipada: botas, bastones, mochila y agua. Sin embargo, a 3 mil 576 metros de altitud, cada paso eleva su pulsación. Caminar se vuelve un sacrificio; es necesario detenerse, respirar y continuar. Lleva 2 horas desde el Albergue del IMSS, saturado de visitantes, y aún le falta una más para llegar a El Arenero, donde se asoma la cima imponente, completamente blanca.

Su ánimo cambia cuando observa cómo la nieve cae desde las copas de los árboles. Tras más de seis mil pasos, entiende que alcanzar la cima será complicado: el cielo comienza a nublarse y el viento se vuelve implacable. Han pasado 48 horas del registro del fenómeno climático y la nieve no se derrite.

A su alrededor, adolescentes improvisan juegos: se sientan sobre cartones y se deslizan por la pendiente; otros moldean muñecos de nieve. Los adultos mayores y los niños pequeños son menos. Un resbalón puede ser fatal para los primeros; la hipotermia, un riesgo para los segundos. Aun así, un niño de unos seis años, vestido con un traje de dinosaurio, corre entre la nieve y se convierte en el atractivo del lugar. Es su primer encuentro con el hielo. Lanza bolas de nieve a su madre y ríe sin parar. No fue necesario llegar hasta El Arenero: madre e hijo encontraron ahí la magia.

En el descenso, un adulto mayor estadounidense baja con extrema precaución; no trae bastón y el riesgo es evidente. Resbala, pero su esposa logra levantarlo sin consecuencias graves. Ya acusa dolor de rodillas. No ocurre lo mismo con una mujer de mediana edad, quien es auxiliada por personal del Grupo Águilas Malinche y trasladada posteriormente a un nosocomio por un esguince de tobillo.

Pero, no todos sufren. Arturo Ortega, atleta de alto rendimiento proveniente de Zacatlán, Puebla, asciende sin dificultad junto a su esposa, registrando cada tramo de la caminata.

Laura, por su parte, llega hasta la zona de arena, donde dos policías de montaña la observan. Se queda inmóvil. Un rayo de sol ilumina brevemente el paisaje antes de que las nubes regresen. La nieve brilla entre barrancos y zacatonales. Toma fotografías, bebe agua, come un refrigerio y decide regresar.

Dos horas después, desciende por senderos hasta el albergue, donde pequeños puestos ofrecen bebidas y alimentos. La economía local se activa.

“Ha sido una experiencia muy bonita conocer La Malinche, la llevo en mi corazón, parece un bosque de Canadá”, dice Laura, de tez blanca y cabello rizado, antes de abandonar la montaña rumbo a su destino, acompañada de sus amigos.

La Malinche, decretada Parque Nacional el 6 de octubre de 1938, cerró sus accesos a las 19:00 horas. El bosque quedó nuevamente en silencio, cubierto por un manto blanco que recordó a todos que, de vez en cuando, la naturaleza decide escribir su propia crónica.

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Redacción
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